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Ejemplo de un shock tecnológico que terminó extremadamente bien (en Chile... )

Cómo el inexperto salto de "nerds techies" con poder —ciegos a la política y la burocracia, pero con chipe libre por la ignorancia del resto— creó el peor caos político-social de la historia reciente en Chile y sin posibilidad de rearmar el pasado. Un salto de rana arrastrando a un país completo.


La idea (hasta el 2005)

Chile (con una capital de cerca de 6 millones de habitantes en ese entonces) tenía un transporte público horrible: unos miles de micros "amarillas", con microempresarios dueños de una a tres micros, competían por recorridos azarosos maximizando su ganancia en una "guerra por el centavo", donde los choferes recibían su pago según los boletos que lograban cortar. El sistema era un desastre y movilizarse resultaba una pesadilla urbana.

El 2005

Se decide forzar la creación de grandes empresas que, en la escala correcta, transformaran estas pymes en macroempresas operadoras. Las nuevas empresas de transporte debían "comprar" todas las micros y los microempresarios entregarlas en terminales y parques de custodia en un solo día. Ahora solo habría una decena de unidades de negocio.

Pueden imaginarse el caos y el estado de esa flota, a la cual nadie le hizo mantención durante meses, ya que por ley se iba a transferir a un próximo dueño.

El 2007

Ese año se fija un día y hora precisos para modernizar completamente el sistema de transporte: nuevos recorridos, nuevas reglas, buses nuevos (miles) y nueva tecnología de pago inalámbrica con el fin definitivo del efectivo, integración tarifaria con el Metro y uso masivo de redes de datos. Todo ello se ejecutó en un solo día.

¿Qué pasó esa mañana?


Detrás de bambalinas

Las bases de licitación para los nuevos operadores contenían una visionaria estrategia y una arquitectura tecnológica extremadamente compleja y agresiva: bancos, empresas tecnológicas, fabricantes de buses, integradores y sistemas de información; además de las empresas recién formadas con buses arcaicos y a mal traer, modernizados a la fuerza con una parchada conectividad de datos a bordo para soportar el validador de cobro, la integración con la cámara de compensación electrónica y la red de carga de las tarjetas bip!.

Por una razón misteriosa —en un acto de fe de la clase política de la época que aún asombra—, nadie metió su cuchara ni cuestionó los supuestos técnicos. El desafío de construir esta nave espacial a partir de retazos era tan críptico e ininteligible para el común de los mortales, plasmado en bases técnicas densas, que simplemente se adjudicó. Y ese día se hizo la luz... y la sombra.

Yo formaba parte del equipo tecnológico responsable, en parte, de esa hazaña. A medida que se acercaba el "Día D", nos aterrábamos más y más con lo que podía pasar. Llevábamos casi un año sin dormir armando este monstruo: una nave espacial con la obligación de llegar a la Luna a la primera y con tripulación a bordo, pero ensamblada contra el tiempo en Chile. "Ambición sin límites" es poco para definir esa aventura.

¿Cómo lo hicimos posible? Muy a medias al inicio, por cierto. Pero esa es otra historia increíble, llena de anécdotas locales y globales.

Resultado

Fue un desastre instantáneo. Una bomba de desorden logístico y social que en pocos días obligó al gobierno a decretar la gratuidad temporal del sistema mientras no se resolviera el colapso. Lo peor: no había vuelta atrás, la nave ya había despegado.

Esa gratuidad inicial y los desajustes del modelo crearon un déficit financiero estructural en un sistema pensado originalmente para ser autosuficiente, derivando en un subsidio público permanente de más de US$ 1.000 millones anuales y normalizando niveles de evasión que por años rondaron el 30%-35%.

Hoy, 20 años después...

Esta anomalía histórica llevó a Chile a una vergüenza nacional e internacional, obligando al ecosistema técnico a agachar la cabeza y reparar el sistema con dignidad. Mientras el debate político seguía su curso, ingenieros chilenos, empresas tecnológicas, la academia y el Ministerio de Transportes trabajaron durante años para hacer volar de verdad esta pesada nave.

Poco a poco, con ingeniería local, iteraciones continuas y rondas de inversión, Santiago transformó su transporte. Hoy, el sistema integrado funciona a un nivel que superó con creces las maquetas de sus diseñadores originales. La capital cuenta con una de las flotas de buses eléctricos más grandes del mundo, buses de alto estándar con aire acondicionado, integración multimodal metro-tren-bus y medios de pago digital y QR avanzados. Una red de metro enorme y muy moderna con sistemas de pago avanzados e integrada a la flota de buses .

Lo importante y el aprendizaje

No siempre avanzar con timidez y paños tibios es el camino. A veces se requiere romper el molde y construir con ambición. En el país sobran problemas crónicos a los que solo se les ponen parches por miedo a quebrar el statu quo.

Sin embargo, para dar un salto de esa magnitud se requiere un diseño audaz pero ejecutable, y sobre todo profesionales dispuestos a hacerse cargo del resultado en el tiempo (accountability). Mirando hacia atrás entre cervezas con los colegas que estuvimos ahí, queda la satisfacción de haber asumido la responsabilidad técnica de sacar adelante una transformación que cambió para siempre la infraestructura del país.


Detrás de bambalinas

Esta anomalía histórica arrastró a Chile a una vergüenza nacional e internacional, obligándonos a agachar la cabeza para hacernos cargo de reparar el golpe con dignidad.

Obviamente, la clase política no asumió culpas: simplemente aprobaron subsidios multimillonarios y siguieron adelante. Fueron los ingenieros chilenos y las empresas tecnológicas, junto a los equipos del Ministerio de Transportes, quienes se quedaron a empujar y hacer volar esta pesada nave.

Poco a poco, gracias a la ingeniería local, el trabajo conjunto con las universidades y una seguidilla constante de ajustes e inversiones, Chile se transformó en una potencia en la materia. Hoy, el transporte público de Santiago supera con creces lo que soñaron sus creadores originales cuando recibieron carta blanca. El sistema es innovador a nivel global y opera con notable precisión: permite cruzar la ciudad combinando superficie y subsuelo mediante un esquema tarifario unificado y medios de pago digital integrados. La flota de miles de buses —eléctrica en su gran mayoría— redujo drásticamente el ruido en las calles, incorporó aire acondicionado y elevó el estándar urbano a niveles de clase mundial.

Asumimos ese compromiso profesional durante décadas. Hoy, cuando nos juntamos a tomar unas cervezas los veteranos que vivimos esa odisea, comentamos la paradoja: aquella carta blanca, concedida por simple casualidad, a ingenieros jóvenes para plasmar un sueño en bases técnicas desmedidas terminó siendo la oportunidad de oro para demostrar el talento técnico local y, sobre todo, una profunda capacidad de accountability, algo que a nuestro país tanta falta le hace.

El aprendizaje

No siempre avanzar con timidez y paños tibios es el camino correcto; a veces es indispensable romper el molde y atreverse a construir en grande. En Chile abundan problemas crónicos a los que solo se les aplican parches por miedo a quebrar el statu quo.

Sin embargo, para dar un salto de esta envergadura se requiere un diseño audaz pero ejecutable y, por encima de todo, profesionales dispuestos a responder por el resultado en el tiempo. Mirando hacia atrás, queda la satisfacción de muchos profesionales de haber asumido la responsabilidad de sacar adelante una transformación que cambió para siempre la infraestructura del país.

 
 
 

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